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Malas Tierras

Gracias Ariadna, por hacerme de GPS, por dejármelo tan claro. Y a la carita.

From a sinking boat

Quiero estar aquí, en este banco de Vallecas que adecenta una minúscula lengua peatonal entre dos carreteras fantasmales a reventar de tráfico. Aquí estoy bien. No es precisamente el banco que me encuentro al poco de entrar al Retiro por Mariano de Cavia, desde el que se ve mi casa. Aquel es banco para ilustrar libro de Goethe, banco en un entorno tan bello que hasta te ves incapaz de sacar la llave del piso para hacer saber a los madrileños del siglo XXII que alguien como ella existió, contarles todo lo que cupiera en un tablón hasta tropezar con el hierro del reposabrazos.

Pero no estoy ahí. El banco sobre el que acabo de cenar un sandwich de jamón de york con lechuga solo ilustraría el álbum fotográfico de botelleos de los ultras del Rayo. Problemas de logística me han impedido acomodar a mi lado a Don Simón, que es a quien yo tenía ganas de ver hoy. Ahora, mientras un perro se acerca a husmear  (pero no su dueño, que, prudente, mantiene las distancias) escucho el fútbol en la radio. No hay mucho ambiente por las calles, porque todos están viendo al Madrid ganar la Liga. La zona se va a llenar de gente enseguida. De bocinazos, de banderas, de jolgorio.

Esta vez me ha golpeado con efecto retardado. Es una pena honda, un lamento, es el puño del señor calvo que regentaba el Templo Maldito hundiéndose en mi pecho para intentar arrancarme motores vitales. No diría el corazón. Yo noto su maraña de dedos apretando más abajo. Espero que esto pase cuanto antes. En realidad, ese señor acabará sacando el puño, y la marea de dolor intenso se calmará. Pero el estropicio que deja un puño que entra y sale de tu abdomen es más complicado de arreglar.

Cómo duele. Y sin embargo sé que de todo esto nace vida en mí. Puta vida se abre camino desde el pecho de un chico normal y corriente, en un banco de Vallecas

Me voy a casa.

Conocí a una chica que sabía volar y la dejé escapar. Así de fácil es explicar este llanto de crío.

A.C.t.u.r. eran 689 toneladas de alcaparras hace poco. Hoy son solo 473

Jeje

Tiempo, Valero

Se enamoró de Andrew de drag. Así fue. Puede que no lo creas, pero ocurrió hace muchos años en una barriada dejada de la mano de Dios a las afueras de Oxford: las Chiltern Hills. Eran compañeros de trabajo en una fábrica de bombillas, y esa noche celebraban algo. Alguien se jubilaba, alguien llegaba nuevo, qué más da.

Se conoce que Andrew quiso animar la cosa. Lo había preparado todo. Se trajo en una mochila la ropa de putón de su hermana, y en un momento del aperitivo dijo que enseguida volvía, que iba al cuarto de baño. Cuando salió era 10 centímetros más alto y 14 potingues menos moldeador de estaño. Ya no era Andrew. Solo por el hecho de que nunca dio nombre a lo (la) que salió de ese cuarto de baño, él, que miraba absorto desde la mesa, le llamaría el resto de su vida ‘Andrew de drag’. Su corazón quería saltar, correr por la mesa, subir la tarima, restregarse sanguinolento contra las medias, dejarse pisotear. 

Para Andrew solo fue un gag. Para él ya nada sería igual. La única chica que jamás amó fue Andrew de drag.

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Hardcore edition

It’s Junco time, bro’

It’s Junco time, bro’

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